Publicado 1 de julio de 2026 en Vida en equilibrio por Catalina Garzón Mayorga

Cuando fui a inscribir a mis hijos por primera vez en el colegio, el director nos dijo dos cosas que me marcaron. Uno, que en mi teléfono tengo más capacidad de memoria de la que tenía la NASA entera al momento de enviar al hombre a la luna; y dos, que el 85% de sus hijos van a trabajar en profesiones que hoy en día no existen.
Asumiendo que ambas cosas son verdad, ¿cómo nos preparamos para un futuro totalmente incierto?
Esta es una pregunta difícil de responder. Lo que les puedo decir es que, hoy, varios años después de escuchar al director del colegio decir lo que dijo, lo único que veo con certeza es el cambio como una constante.
Y aunque solemos asociar esta realidad con la tecnología, la educación o el mundo laboral, también es visible en escenarios que millones de personas siguen cada día. Los cambios que ha experimentado el Mundial en las últimas décadas ofrecen una oportunidad interesante para reflexionar sobre cómo reaccionamos ante lo nuevo, por qué nos resistimos a ciertas transformaciones y qué podemos aprender de ellas.
La anécdota del director resume algo que pocas veces nos detenemos a pensar. El 85% de los trabajos del futuro todavía no existen, y eso no es una curiosidad aislada, es la prueba de que el mundo cambia de forma constante y cada vez más rápido. Lo que hoy nos parece estable, dentro de pocos años puede ser irreconocible.
El Mundial de fútbol no es la excepción a esa regla. Es, de hecho, un ejemplo perfecto de cómo una institución que parece inmutable se transforma constantemente para mantenerse vigente, y por eso vale la pena mirarlo de cerca.
El fútbol que vemos hoy no es el mismo que se jugaba hace cien años. En 1930 no existían las tarjetas amarillas. Tampoco existían las sustituciones de jugadores. La regla del offside pasivo (fuera de juego), que hoy nos parece de toda la vida, también fue una novedad en su momento. Lo mismo pasó con el Video Assistant Referee (VAR), que cuando se introdujo generó tanta resistencia como la que vemos hoy con cualquier cambio nuevo. Todas estas modificaciones llegaron para quedarse y hoy nadie las cuestiona.
Pero no todos los cambios sobreviven. En el Mundial de Sudáfrica 2010 se usó el balón Jabulani, prácticamente sin costuras, y los arqueros se quejaron durante todo el torneo de que se movía de forma impredecible en el aire. FIFA escuchó las críticas y no volvió a repetir ese diseño. Algo parecido pasó con el gol de oro, esa regla que decía que en tiempo extra el primer equipo en anotar ganaba el partido de inmediato, duró menos de una década. Tanto jugadores como aficionados la consideraban injusta porque un gol de pura suerte en el minuto 91 podía decidir todo, así que FIFA y la IFAB (International Football Association Board) la eliminaron.
¿La lección? No todo cambio que se intenta se queda. Pero eso no es un argumento contra el cambio, es la prueba de que el sistema sí filtra lo que funciona de lo que no.
Aquí hay que ser honestos. La razón principal detrás de la mayoría de estos cambios es mejorar el negocio. Y sí, leyeron bien, negocio. El fútbol profesional es ante todo una industria, y como toda industria, busca crecer.
Eso no significa que todos los cambios sean fríos o puramente comerciales. Dentro de esa búsqueda de mejorar el negocio también se protege al jugador, porque un jugador sano es un activo que vale más. Ahí entran el protocolo de conmociones cerebrales y las cinco sustituciones por partido, que llegaron durante la pandemia como medida de emergencia y se quedaron porque funcionaron.
También hay cambios que buscan mejorar el espectáculo, porque un mejor espectáculo atrae más patrocinadores. La pausa de hidratación es el ejemplo perfecto del 2026. Sé que va en contra de lo que estamos acostumbrados a ver, un partido que se detiene a la mitad de cada tiempo. Pero esa pausa le da al jugador minutos adicionales de descanso, y al mismo tiempo le da a los patrocinadores un espacio para incluir su publicidad. Aquí toca ser coherentes. No podemos quejarnos de que la inauguración del mundial no fue un espectáculo al estilo del show de medio tiempo del Super Bowl, y al mismo tiempo quejarnos de la pausa de hidratación.
Si queremos una mejor experiencia, esa experiencia cuesta, y alguien tiene que pagarla.
Y algo más, ese dinero que se recauda con patrocinadores adicionales no va solo a mejorar el espectáculo y contratar más artistas. FIFA también ha apostado fuerte por expandir el fútbol a nivel mundial. Ejemplos de ello son el programa FIFA Forward para financiar proyectos dentro del fútbol, el incremento exponencial en apoyo al fútbol femenino, los programas académicos, y toda la estructura que sostiene tribunales del fútbol, organismos de ética y supervisión, entre muchos otros. Lo que parece simple mercadeo termina sosteniendo una institución mucho más grande de lo que vemos en la cancha.
Frente a esta realidad veo dos caminos posibles.
El primero es entender que somos clientes, no fanáticos. Y como clientes, tenemos las mismas armas que cualquier consumidor frente a un producto o servicio. Si un cambio viola nuestros derechos como consumidores, por ejemplo un aumento de precios sin justificación o una alteración del servicio que se nos prometió, podemos acudir a las vías legales correspondientes. Y si simplemente no nos gusta el producto, tenemos la opción más simple de todas, dejar de consumirlo. Nadie nos obliga a comprar la entrada o la suscripción.
El segundo camino, y el que parece haber tomado la mayoría, es disfrutar mientras se alza la voz. Quejarse en redes sociales, comentar con los amigos, debatir en la mesa de un bar, pero sin dejar de ver el partido. Es una opción legítima. Al final, uno puede tener una opinión crítica sobre un producto y seguir consumiéndolo, eso no nos hace incoherentes, nos hace seres humanos con matices.
Antes de cerrar, vale la pena entender por qué nos cuesta tanto aceptar estos cambios. El status quo nos da seguridad porque sabemos exactamente qué esperar. El cambio, en cambio, genera ansiedad porque nos enfrenta a lo desconocido. Por eso nos gusta ver la misma película varias veces o escuchar la misma canción hasta el cansancio, no porque sea la mejor opción disponible, sino porque ya la conocemos y nos gusta.
Ahora, que el status quo nos dé esa sensación de certeza no significa que no debamos cambiar. Significa que el cambio siempre va a incomodar al principio, así sea un cambio bueno.
Tal vez la enseñanza más importante de aquella conversación en el colegio no era que surgirían nuevas profesiones o que la tecnología seguiría avanzando. Era entender que el cambio seguirá ocurriendo, nos guste o no. La pregunta no es cómo evitarlo, sino cómo desarrollar la capacidad de adaptarnos, aprender y tomar mejores decisiones frente a él.