Puede decirse que, en la actualidad, las emociones se encuentran en medio de grandes controversias en diversos ámbitos, especialmente el político y el educativo. Por ejemplo, algunas personas las culpan de ser las causantes de algunos de los males de nuestras democracias contemporáneas, lo cual se ve cuando se acusa a algunas campañas y organizaciones de manipularnos para hacernos votar con las emociones en lugar de con la razón. Al mismo tiempo, otras personas parecen proponer las emociones como aquello que nos va a salvar del caos actual en nuestras relaciones y en nuestras sociedades, donde una manifestación de esto aparece en el auge de los discursos contemporáneos sobre la empatía. Estos dos ejemplos, aunque polémicos ambos –como lo discutiremos en el curso–, parten del hecho de que las emociones juegan un papel clave en nuestra comprensión del mundo a nuestro alrededor. Que las emociones estén implicadas profundamente en cómo comprendemos el mundo ya sería por sí sola una justificación para prestarles atención en la educación. Pero su importancia se origina en al menos dos papeles más que cumplen en nuestras vidas de manera central. Por un lado, nos movilizan para actuar o para dejar de hacerlo; son, en palabras de Larry Nucci, motor de la acción, tanto individual como colectivamente. Y, por otro lado, son parte crucial de nuestra experiencia subjetiva, de modo que juegan papeles constitutivos de nuestro bien o mal-estar en el mundo, como se desprende de algunas teorías utilitaristas en la filosofía moral así como de varias otras corrientes filosóficas. Las emociones, ciertamente, ameritan una examinación y un trabajo profundo y cuidadoso en nuestras vidas en general, así como en la educación en particular.
En el mundo de la educación podemos preguntarnos por su relación con las emociones al menos dos campos diferentes aunque relacionados entre sí: los papeles que juegan las emociones dentro de los procesos y espacios educativos (p. ej. el odio a las matemáticas, el miedo al examen, la admiración por quien enseña), y la educación de las emociones o educación emocional. Aunque pasaremos por el primer campo, pondremos nuestro énfasis en el segundo. A este respecto, ya desde hace algunas décadas ha reclamado gran protagonismo la llamada educación socioemocional –o educación social y emocional– y se habla cada vez con más naturalidad de las competencias socioemocionales. Este enfoque, liderado especialmente desde la psicología, ha logrado ser incluido en múltiples iniciativas, programas e instituciones tanto en Colombia como en el mundo. Esta aproximación es, sin embargo, sólo una entre varias posibles. En este curso nos ocuparemos de explorar, precisamente, qué es, qué puede ser, y qué debería ser –las tres preguntas se abordan simultáneamente– una educación emocional. En particular, nos interesará explorar, además de la educación socioemocional, propuestas educativas alternativas que podrían caracterizarse en términos de un cultivo emocional del carácter.
La posibilidad de abordar la educación emocional de múltiples maneras tiene que ver con el hecho de que la idea de “emoción” sigue siendo objeto de intenso debate a pesar del largo camino recorrido en su comprensión, gracias al trabajo multi e interdisciplinar de la filosofía, la psicología, la neuropsicología, la sociología y los estudios culturales, entre otros. La magnitud de la controversia, como lo señala Peter Goldie, puede estar relacionada de manera muy directa con la complejidad misma de las emociones y con la dificultad para definir un único tipo de fenómeno como emoción: hasta ahora, no ha habido consenso acerca de algún conjunto común de aspectos que delimiten con claridad los fenómenos que llamamos “emociones” –unas características que sean comunes a todas las emociones pero que sólo sean propias de las emociones–, y podría decirse por esta razón que dichos fenómenos guardan entre sí más bien un parecido de familia. Por estas razones, es clave que el trabajo educativo desde, con y sobre las emociones se nutra de su análisis cuidadoso y crítico.